Un día me dio por ir al lago Tapjeong
Un buen día me dio por ir al lago Tapjeong, un embalse enorme en Nonsan, en el centro de Corea del Sur. Sin motivo. Simplemente era primavera. Primavera de 2026.
Llamé a una amiga: que en Tapjeong hay una cafetería muy bonita, que nos vamos. Y ella: vale. Punto. Yo soy de las que se pega tres horas de coche porque una cafetería sale mona en una foto, así que una hora hasta Nonsan ni siquiera cuenta como distancia. Salimos esa misma tarde.
Lakehill Jebangso, o lo que es lo mismo, el obrador Lakehill. Está pegado al lago y comparte edificio con un hotel. Por lo visto se ha puesto de moda entre la gente que viene a hacer fotos: el puente colgante del lago queda ahí al lado, así que hay muchas parejas y, los fines de semana, familias enteras. Mi amiga, al bajarse del coche, dijo que le sonaba de Instagram; a mí también me sonaba de algo, la verdad. En fin, te lo cuento en el mismo orden en que lo fui viendo.

Una sola puerta: entran igual los del café y los del hotel
En la entrada ponía que el hotel y la cafetería comparten edificio. Como solo hay una puerta, pasan por el mismo sitio los que vienen a tomar café y los que vienen a hacer el check-in. Pregunté si de verdad hay gente que se queda a dormir y mi amiga soltó un «¿y si nos quedamos nosotras?» entre risas; todavía no sé si lo decía en serio. Era un día entre semana y a esas horas no había casi nadie.




Vitrinas que se abren con un botón
Nada más entrar te topas con las vitrinas: transparentes y con puerta automática, se abren solas al pulsar un botón. Nunca había visto nada igual, así que lo pulsé una vez por probar. Y había pan. Muchísimo pan. Cuando vas a un sitio así un martes por la tarde, lo normal es encontrar lo que nadie ha querido, cuatro piezas sueltas en una esquina. Aquí no.


Lo primero que vi fue el pan de molde. Uno bien dorado y, al lado, otro mucho más oscuro y de corteza rugosa, con puntitos negros incrustados. Ni idea de qué eran: no me paré a mirar la etiqueta.
Un buen rato solo mirando: toda la bollería del obrador Lakehill




En la zona de cruasanes había para elegir: el clásico, uno de crema de leche y otro enterrado en azúcar glas. Me quedé con la duda de cuánta crema llevaba dentro, porque al final no compré ninguno. Al lado había uno enrollado en espiral, pero tenía la etiqueta tapada. El pan de nueces lleva nuez y macadamia, y con esa corteza tan rugosa prometía mucho al morder.
El pan briqueta, la estrella de la casa, y el pan de manzana


La especialidad de la casa es el yeontan-ppang, el pan con forma de briqueta de carbón: esas piezas cilíndricas agujereadas con las que se calentaban las casas coreanas hasta hace nada. Le han hecho hasta los agujeros. Hay dos colores, el claro (baektan) y el oscuro (heuktan). El claro parece la ceniza que queda cuando la briqueta ya se ha consumido y el oscuro, una recién puesta. Si lo piensas, el orden tiene su lógica. Ponía que el baektan lleva nata, crema pastelera y pasta dulce de judía roja; el heuktan, queso. A ese le eché un vistazo rápido y seguí.

Al pan de manzana le han puesto la misma redecilla roja con la que venden la fruta en el súper. La versión estrella lleva queso crema y mermelada de manzana.
Con las tartas se les va la mano (para bien)




Tartas había un montón: de nata con fresas, una de chocolate estilo selva negra, tarta de queso de Nueva York y tiramisú. El tiramisú venía en tarrina de plástico, ideal para llevárselo. Las fresas eran tan grandes y de un rojo tan intenso que mi amiga dijo que ahí valía más la fruta que la tarta. Pero lo que más me llamó la atención fue una mousse con forma de melocotón: el degradado del rojo al amarillo estaba tan logrado que de lejos pensé que era fruta de verdad.



Al lado, mousses con forma de manzana y de fresa, una junto a la otra. La manzana es verde, brillante, y hasta le han clavado un rabito de madera. La fresa brillaba todavía más. Después venían los brazos de gitano: uno de leche y otro de fresa. En cuanto mi amiga vio el corte del de fresa, con esa capa gorda de nata, dijo «este». Al fondo, un mont blanc de castaña con la crema de un tono bien oscuro. Aquí también estaba el cartelito de la manita: otra vez las vitrinas automáticas.
Hojaldres de fresa y la famosa tarta de huevo



Un poco más allá, un montón de hojaldres con fresa: unos redondos, con las capas bien marcadas, coronados con nata y una fresa entera; otros abiertos como una concha, con láminas de fresa encima. Sinceramente, sin leer la etiqueta no sabría decirte en qué se diferencian. Había también bollitos pequeños con azúcar glas y un cruasán verde, no sé si de matcha o de ssuk (artemisa). El color era tan intenso que mi amiga dudó: decía que le parecería amargo. Vi además unas tartaletas con la fresa colocada en forma de flor, y pasé de largo por los bollos envasados con dibujitos.




Una tartaleta hasta arriba de frutos secos. No pillé el nombre, pero venían caramelizados y en capa gruesa. Al lado, un pan plano con almendras envasado en plástico; no supe si lo venden por porciones o entero. También había una baguette con sésamo negro salpicado por toda la corteza. Y la otra especialidad de la casa: el egg tart, la tarta de huevo. Por fuera, hojaldre con las capas bien vivas; por dentro, amarilla y lisa. Bastante más grande que las que había visto en otros sitios.
Manju de castaña, «alligator pie» y baguette de ajo




Los manju de castaña (unos bollitos rellenos, del estilo de los pastelitos japoneses) venían envasados de uno en uno, con y sin sésamo. Había también un hojaldre alargado llamado «alligator pie», con trozos de nuez y la superficie brillante de color caramelo. Por qué lo del caimán, ni idea. Detrás, unos bollos con la marca de la gofrera, tipo croffle, y la baguette de ajo, cortada en rebanadas finas y repartida en tarrinas. Ponía que la hacen con salsa de ajo.
Del bollo de judía roja al pan de tinta de calamar




El bollo de judía roja está horneado con forma de dónut y por el agujero del centro asoma el relleno, que es de judía roja coreana, según la etiqueta. Las rosquillas trenzadas iban rebozadas en azúcar y sésamo negro. De ahí pasamos a los cruasanes bañados en chocolate y, a partir de ese punto, la cosa se multiplica: uno con frutos secos por encima, otro con pepitas de chocolate. De lejos son idénticos. Fue más o menos aquí cuando las dos perdimos el hilo y ya no sabíamos ni qué elegir.




Los buñuelos de arroz glutinoso llevan azúcar en grano grueso por fuera y judía roja entera dentro. Luego apareció un pan completamente negro que resultó ser de crema de leche condensada; al principio no entendía de dónde salía ese color. Justo al lado, otro igual de negro pero cubierto de un polvo blanco: ese sí era de tinta de calamar, y además con frutos secos. Mi amiga me preguntó si sería tinta de verdad y yo qué sé, oye. En el último hueco, baguette de sal, con la corteza dura y agrietada, como debe ser.

Después de un buen rato mirando, al final decidimos no llevarnos pan ese día. Aquí funciona así: vas poniendo las piezas en una bandeja y pagas todo junto en la caja. Junto al mostrador había botellitas de bebida ordenadas por colores; la amarilla parecía yuja-cha (una infusión coreana de cidro) y la roja, ni idea. Detrás se veían los ventanales y las mesas, así que pedimos solo bebida y fuimos a coger sitio.
Cómo se pide
Primero coges el pan en una bandeja y luego pagas todo de una vez en la caja. Las vitrinas se abren con un botón, así que no hace falta ir sujetando la puerta con las pinzas.
Esto no te lo pierdas
Las especialidades son el pan briqueta, el pan de manzana y el egg tart. El pan briqueta viene en dos versiones, baektan y heuktan, con relleno distinto, y había quien se llevaba uno de cada.
Un sitio donde el lago entra entero por la ventana




Según iba hacia las mesas, el lago Tapjeong se veía enterito a través del ventanal. Ahí entendí por qué todo el mundo habla de las vistas de este sitio. Aunque te sientes en la parte de dentro, ves agua y montaña. Un poco más adelante hay mesas desde las que el puente colgante queda justo enfrente; mi amiga soltó el bolso y dijo que nos quedábamos ahí. Si abres la puerta, hay terraza: mesas de metal y una estructura de techo que da algo de sombra. Al asomarme a la barandilla, el lago devolvía el azul del cielo y brillaba, aunque ese día la primera fila ya estaba ocupada por otros clientes.

Al llegar a las escaleras descubrí que hay otra planta arriba. Los escalones son de madera y llevan una línea de luz integrada, así que hasta el camino de subida merece la pena. La planta baja ya es grande, pero con el piso de arriba dudo mucho que un fin de semana tengas que dar media vuelta por falta de sitio.

Arriba hay una zona que bien podría llamarse «rincón de parejas»: dos sofás mirando al ventanal y una mesita en medio. Te sientas y tienes el puente colgante y el lago delante.
La planta de arriba es mucho más amplia




La planta de arriba es bastante más grande. Suelo de madera y una mezcla de mesas de cuatro, de dos y zonas de sofá; junto a la ventana, mesas redondas con sillas rojas y grises. Sentada ahí no hablaría, me quedaría mirando por el cristal. Al fondo hay un tramo con mesas curvas entre las columnas, perfecto si venís en grupo, y en el rincón más interior una barra semicircular con cinco taburetes, todos orientados al ventanal. Venir sola tampoco daría ningún apuro.
Planta baja
Aquí están las vitrinas y la caja, y se sale directamente a la terraza. Es una zona algo más recogida, y las mesas con el puente colgante de frente son las más solicitadas.
Primera planta
Muchas más mesas y sensación de amplitud. Hay rincón de parejas, zona de grupos y una barra mirando al ventanal, así que eliges según cuántos seáis.
Un affogato y un einspänner




Pedimos un affogato y un einspänner. A mí el affogato me pierde: sea verano o invierno, lo primero que hago al sentarme en una cafetería es mirar si está en la carta. Me dijeron que siempre pido lo mismo y no tuve argumentos.
Lo primero que llegó fue el helado soft, con su pico bien alto. El espresso venía aparte, en un vasito de cristal, y la chica me explicó que lo echara yo por encima. Como estaba tan bonito antes de mojarlo, lo dejé un momento así, mirándolo.
El einspänner tenía las capas perfectamente separadas dentro del vaso: café intenso abajo, nata montada arriba. El primer sorbo lo di después de retirar un poco de crema con la cuchara.
Cuando echas el espresso sobre el helado, el marrón se cuela entre la nata blanca y lo va deshaciendo todo. La forma original se derrumba, y ese es justo mi momento favorito. Si te despistas demasiado, se derrite del todo y sabe a agua.
Dos horas que se fueron sin darnos cuenta
Ya habíamos visto todo el pan y nos habíamos terminado el café cuando mi amiga dijo que igual tocaba irse. Miré el reloj: más de dos horas. Se estaba tan a gusto que ni me enteré.
Al bajar volví a pasar por delante de las vitrinas. Estuve a punto de llevarme algo, pero con tanta variedad me quedé otra vez dándole vueltas y salí con las manos vacías. Quedamos en venir la próxima vez con la decisión tomada de casa, aunque las dos sabemos que igualmente nos plantaremos un buen rato delante del mostrador.
Desde el aparcamiento me giré a mirar y el edificio ya no me pareció el mismo que al llegar. De vuelta a Daejeon, mi amiga dijo que había merecido la pena y yo me reí sin más.
Información práctica: obrador Lakehill, lago Tapjeong (Nonsan)
Dirección
Tapjeong-ro 872, Gayagok-myeon, Nonsan, provincia de Chungcheongnam-do (Corea del Sur)
Teléfono
Horario
Todos los días de 10:00 a 21:00 (última comanda a las 20:30)
A veces publican horarios distintos para verano e invierno, así que conviene comprobarlo antes de ir.
Aparcamiento
Hay un aparcamiento amplio delante del edificio, así que por ahí tranquilo.
Distribución del edificio
La planta baja y la primera son cafetería; las plantas superiores, habitaciones de hotel.
Alrededores
El puente colgante del lago Tapjeong queda muy cerca, así que mucha gente lo combina con un paseo.

